Materiales sensibles: Recuerdos del futuro de una biblioteca

Enredadera, nº 30, diciembre 2017

Alejandro Santos
asantos@icmab.es
Biblioteca. Institut de Ciència de Materials de Barcelona (ICMAB-CSIC)

Versión en pdf

Ver en Digital.CSIC

 

Resumen: Un pequeño balance de mis años en la biblioteca del Institut de Ciència de Materials de Barcelona, la evolución que he observado y algún atisbo de lo que nos puede deparar el futuro a las bibliotecas de los centros de mi área, desde una perspectiva íntima y personal.

Palabras clave: Biblioteca digital; Servicio de referencia; Cooperación bibliotecaria.

 

-No me va el ISI –exclama compungido un investigador veterano que acaba de entrar en el despacho de la biblioteca.

¿El ISI? ISI Thomson, Thomson Reuters, Clarivate… Le explico que el dinero cambia de nombre, y quizá de manos, pero la plataforma siempre se llamó Web of Kwnoledge, aunque ella también se re-denominó, y ahora es Web of Science.

Web of Science, el tejido de la ciencia, la red da la ciencia… Allí está todo, todo atrapado en el tejido, en la red global, o debería. Están todos ellos, los que aún dicen ISI y los que aún no han entrado nunca, ni quizá aún tienen una cita ni índice h.

Cuando entré por primera vez en mi biblioteca (que no es mía, aunque esté yo solo), que fue como entrar en la Biblioteca, en otro mundo tan distinto del que yo procedía, la vi pequeña y tranquila. Con los años perdería una sala, que cedimos a un departamento, pero entonces no lo sabía. Estuve unos días sellando las revistas que llegaban puntuales, silenciosas, y que había que registrar y personalizar (no a mi persona sino a mi biblioteca, que entonces aún no era unipersonal). Era agosto y no había muchos usuarios. Tampoco había muchos libros, aunque entonces tampoco eso lo sabía.

Han pasado trece años y parece que estemos en otra era geológica. Ahora las pantallas son tan planas como los libros y en una pantalla están todos los libros, y todas las revistas (no todos y todas, ¡qué más quisiéramos!). Y nuestros ojos están fijos en ella, y nuestra mano acariciando la espalda de un pequeño roedor con el que navegamos por el mundo. Me giro a la izquierda y veo el lector de microfichas sobre un armario, una pantalla apagada, como un ojo cerrado del pasado. A mi derecha, en otro armario, acumula polvo un libro de registro que aún tiene mi caligrafía meticulosa (y la de antiguas compañeras), que me resisto a tirar, me digo que por su posible utilidad en un momento de apuro, nunca se sabe. (Pero sé que no es por eso).

Mi biblioteca (que no es mía) pertenece al área de la Ciencia y Tecnología de Materiales. En las bibliotecas del Instituto de Cerámica y Vidrio, del Instituto de Ciencia de Materiales de Madrid y del Instituto de Catálisis y Petroleoquímica, todas de esa área, no hay bibliotecaria ni bibliotecario.

En el Campus de la Universitat Autònoma de Barcelona, a unos veinte kilómetros de Barcelona, hay un centro mixto, el CRAG (Centre de Recerca Agrigenòmica), regido por un consorcio participado por el Institut de Recerca i Tecnologia Agroalimentàries, de la Generalitat de Catalunya, la Universitat de Barcelona, la Universitat Autònoma de Barcelona y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Se constituyó en 2003. Tiene amplias instalaciones, espaciosos vestíbulos, despachos, laboratorios, cámaras, invernaderos… Pero no tiene biblioteca. Desde algunas ventanas del centro donde trabajo se puede ver el flamante edificio verde del Institut Català de Nanociència i Nanotecnologia (ICN2), constituido también por la Generalitat de Catalunya, la UAB y el CSIC, que funciona desde 2008, con su previa denominación de Institut Català de Nanotecnologia, y que en 2013 culminó el traslado a su nuevo emplazamiento, una construcción funcional, moderna y luminosa, que no tiene biblioteca. El ICE (Institut de Ciències de l’Espai) se creó en 2008 e inauguró en 2015 su nueva sede de 3500 metros cuadrados a pocos pasos del ICMAB. Es un centro propio del CSIC, y tampoco tiene biblioteca.

Asomando la nariz a mi ventana, esto es lo que veo sólo en mi barrio. Vamos ahora a acercar el zoom y luego lo alejaremos. La verdad es que ya no personalizo muchas revistas porque mi centro apenas tiene suscripciones en papel. La personalización ahora son unos valiosos rangos de IP’s que custodian en nuestros servicios informáticos y en el de Acceso a recursos electrónicos de la URICI. Una corriente de información, un torrente de obedientes bits, fluye suavemente por encima de nosotros, por en medio o en torno a nosotros, sin zumbar ni chisporrotear. Y no acumula polvo ni se oxida ni sufre de hongos. Los bibliotecarios somos los mudos testigos de ese tráfico constante y desbocado, retratado puntualmente por copiosas estadísticas, y nuestra ocasional función es ejercer de fontanero (pero casi siempre, también, de mensajero), cuando la corriente se atasca y deja de fluir. “No me va el ISI”.

Las cookies ya no nos provocarán colesterol nunca más y los cortafuegos no nos quemarán la piel. Ni los proxys aceptarán herencias ni las redes al caer atraparán ninguna fiera. Algo de esa macedonia de acrónimos, anglicismos y metáforas importadas deberemos dominar, para que no tengamos que abrir una delegación en el centro de cálculo. Para que no podamos decir solo el mantra relajante: ¿ya has reiniciado?, ¿ya has reiniciado?, ¿ya has reiniciado? Aunque en mi despacho, premonitoriamente, convivo en buena sintonía con dos informáticos, que algo me tendrán que contagiar para afrontar ese futuro, tan digital.

En la encuesta de REBIUN me preguntan cada año muchas cosas. Los metros lineales… Creo que estoy agarrado a esa línea, para que no me la estiren del otro lado y se vaya acortando. Sigo leyendo sobre microfichas, FAX y otros conceptos añejos. ¿Que qué proporción de tiempo dedico a catalogar? En mi ámbito la catalogación se ha hecho un oficio artesanal, como meter barcos en una botella. Nunca tuve traducciones, all in English, ni títulos paralelos ni facsímiles ni palimpsestos ni versiones. Pero la estantería que más crece, la línea que más se alarga, es la de las tesis leídas, aunque también estén en Internet. Y nuestra canción del verano, y de todas las estaciones, es el Gaudeamus igitur, que sube siempre por la escalera, desde el coro que la canta en la entrada, y es una música que te reconcilia con la vida. Los doctorandos lo han conseguido, visitando más o menos la biblioteca, física o virtual, han llegado a la meta. Luego tendrán que salir afuera y pelear post iucundam iuventutem. ¿No podemos considerar un poco nuestra una hoja del laurel, aunque sea la más pequeña?

Hablaba de un barco en una botella. Nuestra parte del tejido de la ciencia, de la inmensa red, es la ciencia de materiales, que a veces se asocia a la madera del barco, o al acero, y al vidrio de la botella. Pero lo que investigan en mi centro es muy pequeñito. Y no es fácil verlo y menos aún tocarlo. La escala nano son muchos ceros (nueve) después de la coma. Aquí la cuadratura del círculo parece pasar siempre por un hexágono. Todas esas moléculas… No puedo captar mucho desde mi despacho de director y dirigido. Pero alguna vez esa corriente subterránea de bits que corre bajo mis pies, o sobre mi cabeza, emergerá en un manantial que permitirá que no tenga que recargar mi móvil en una semana o que mis casa sea autosuficiente con sus paneles solares o que mi enfermedad la curen, mucho más rápido, medicamentos entregados en las células a domicilio, como las pizzas cuatro quesos.

Mis científicos y estudiantes, dejadme ser paternalista, que tengo una edad, vienen solo cuando no encuentran la información en sus libros o en la pantalla de retroiluminación por LED que les hace cabalgar del Science Direct a la Wiley Online Library, y de Scopus a SciFinder. Ellos ya no necesitan la biblioteca para leer pero tampoco sus despachos. Ni quizá, muy pronto, tampoco el centro. No tiro los diskettes de 3,5 pulgadas de Chemical Abstracts, cartesianamente ordenados en sus gavetas, por dudas de reciclaje, más que por sentido histórico. Todos esos kilos de plástico y de cachitos de hierro y cromo, que cantaba un catalán en castellano, están ahora en una cueva que se abre con la palabra mágica Conquest, el nombre heroico del software que da acceso a todos los elementos, los enlaces y las reacciones químicas que estaban en aquellos diskettes (y a unos cuantos más).

Después de todo, el CRAG, el ICN2 y el ICE sí que tienen biblioteca. Y también el ICV, el ICMM y el ICP, de mi área. La biblioteca está en tus manos, en el despacho y en el tren y en la cafetería. La llevas en el bolsillo de la camisa, junto con el plano de la ciudad, la cámara de fotos, la agenda de direcciones y, claro, también el teléfono, todo en cien gramos de plástico. Nosotras, las otras, las híbridas, seguiremos almacenando papel pero intentaremos ganar el partido, aunque sea por la mínima, Web biblioteca, 1 – Google, 0.

El libro de registro parecía un libro de contabilidad con menos rayas. Las mismas páginas apaisadas, las mismas tapas de tela granate… Ahora la contabilidad que llevo, ¡y vaya que si cuenta!, es la de los artículos y las citas. Combinados de muchas formas, sumados, divididos, promediados, considerados en ámbitos pequeños y grandes, para ganar la promoción de un científico, para ayudar a obtener una subvención para el centro, para tantas otras cosas… Desde el mirador de la biblioteca no contemplamos la ciencia, sino ese rastro fiel, persistente y dúctil que deja, a veces un poco deforme, que es la publicación de la ciencia. También acaban allí, en esa columna del “haber”, todos los bits que nos rodean y que al final se van por el desagüe del presupuesto.

Alejemos el zoom, miremos adelante. ¿Qué nos depara el futuro? Yo no veo más que un lado del hexágono. Desde la barrera contemplo la disputa de los mandatos legales de los que ponen el dinero y el interés comercial de los que editan lo que el dinero produce. Eso también parece un desagüe. Pero es una guerra para la que no tenemos armas. Modestamente, como todos mis colegas (palabra de género neutro), subo a la red postprints de artículos que no se pueden leer aún pero que son como semillas plantadas bajo tierra que florecerán cuando llegue su estación (doce meses normalmente, alguno más para los duros editores del imperio Elsevier). Espero que cada vez haya más semillas y que los que cabalgan de Science Direct a Wiley sean más conscientes de que pueden saltar el obstáculo y cosechar sus frutos en el campo abierto.

Más que una predicción expreso un deseo, una fantasía, si me imagino un portal fabuloso que recoja los metadatos de un artículo y los deposite en ConCiencia, en Digital CSIC (sin pasarela), en los CVN, ORCID, GesBib y donde haga falta… Con un identificador único y unívoco de los autores pero también con un identificador único y unívoco de las filiaciones, un solo código para gobernarlos a todos. Imagino, al fin, un entorno digital más rápido y eficaz, donde no pasemos tanto tiempo haciendo fotocopias virtuales.

Aunque esos bits ya van tan rápido que en mi ámbito los libros ya parecen anticuados cuando se publican. Pero algunos resisten al paso del tiempo, como rocas en la corriente, y son piezas codiciadas en las estanterías. En los tiempos de las compras agregadas, que quizá serán consorciadas, pienso en la racionalización de las desideratas, en la comunicación con el usuario final, en que podamos costumizar esos paquetes (perdón por el barbarismo) para no perder esas rocas que se convierten en auténticos diamantes.

Cuando paso por el vestíbulo veo la maqueta del ICMAB, tal como era en 1991, cuando se trasladó a su sede definitiva. El centro tiene ahora un piso más pero la biblioteca, que ganó una sala y una plaza con los años, tiene ahora una sala (y una bibliotecaria) menos. Actualmente somos unas trescientas personas, muchas más que al principio, contando todos los variadísimos status laborales del personal, incluidos los servicios que se han ido externalizando. Y el edificio no tenía entonces esa cubierta sujeta por un gran brazo metálico (donde hace unas primaveras, anidaban, lo creáis o no, cernícalos), que parece querer protegerlo como un paraguas ante la inclemencia de lo que venga.

Fachada del ICMAB. Dibujo del autor

Fachada del ICMAB. Dibujo del autor

Y solo una reflexión más, o me enredaré demasiado, haciendo honor a esta cabecera. He mencionado antes un par de centros, de los muchos que hay, donde se aúnan los presupuestos de las universidades, de las comunidades autónomas y del Consejo. Cuando vuelco los aknowledgements de los artículos en el campo de financiación para su depósito en el repositorio, casi siempre aparecen juntos, entre otros, el MINECO, la Generalitat y, a menudo, ayudas de las instituciones europeas. Y entonces yo no me explico otras discordancias en proceso. Un solo tejido, una sola red… Nuestro bibliotecario del futuro, que vislumbro como un gestor electrónico, cooperante del acceso abierto, documentalista de guardia, experto en redes sociales, modesto jurista de los derechos de autor… ¿no podría beneficiarse también de un mayor grado de cooperación bibliotecaria entre instituciones que tanto van de la mano en otros ámbitos?, ¿no podríamos intentar exprimir cada euro, ya que nunca volverán a crecer y multiplicarse?

Bueno, después de explicarle al investigador que intentaba entrar en Web of Science (el ISI) por un enlace que no estaba actualizado, ha venido un estudiante preguntando dónde encontrar un libro. Le he mostrado cómo buscarlo en el catálogo y cómo localizar la signatura que aparecía, por los códigos de la CDU, le he acompañado y le he entregado el ejemplar, con un punto de nostalgia y de ternura por sentirme un poco bibliotecario. Quiero estar formado y formar, ser didáctico y abierto, polifacético y políglota, mejorar a cualquier FAQ, tutorial o power point. Y no puedo dejar de pensar que estos tres mil ejemplares que ordeno, preservo y suministro, están atados a mí por un hilo muy fino, y que quizá si se rompiera, si a mí me pasara algo, bueno o malo, se irían a la deriva y, por no ser yo sustituido, quedarían más bien en el islote del ICMAB, como el barco dentro de su botella, que no puedes sacar.

 

WEBGRAFÍA:

http://www.webs.ulpgc.es/schola/index2.php?option=com_content&do_pdf=1&id=113

https://prospectiva2020.wordpress.com/

https://www.iberlibro.com/blog/index.php/2014/03/27/el-libro-como-objeto-y-su-conservacion/

http://www.mecd.gob.es/cultura-mecd/dms/mecd/cultura-mecd/areas-cultura/bibliotecas/mc/consejocb/comisiones-tecnicas-de-cooperacion/universitarias/Planestrategico2020.pdf

https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/806402.pdf

http://www.ub.edu/blokdebid/es/content/el-futuro-ya-esta-aqui-10-tendencias-para-nuestras-bibliotecas

Volver al índiceSubir

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar